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Cuando un matrimonio ora, aprende también a escucharse

En la vida matrimonial existen momentos en los que las palabras parecen no ser suficientes. La oración puede convertirse entonces en un lugar de encuentro: primero con Dios, después con nosotros mismos y, desde ahí, nuevamente con nuestro cónyuge.

En la vida matrimonial existen momentos en los que las palabras parecen no ser suficientes. Hay preocupaciones que no sabemos explicar, heridas que todavía no encontramos cómo expresar y silencios que, poco a poco, comienzan a levantar una distancia entre los esposos.

En esas etapas, la oración puede convertirse en un lugar de encuentro: primero con Dios, después con nosotros mismos y, desde ahí, nuevamente con nuestro cónyuge.

Orar es permanecer ante quien nos ama

La oración no consiste únicamente en recitar fórmulas o presentar una lista de necesidades. Es, ante todo, un encuentro personal con Dios.

Una conocida experiencia espiritual cuenta que un hombre acostumbraba permanecer en silencio frente al Santísimo Sacramento. Cuando le preguntaron qué hacía durante tanto tiempo, respondió sencillamente:

“Yo lo miro y Él me mira”.

Esta imagen nos recuerda que orar también significa dejarnos mirar por Dios. Es presentarnos ante Él como somos, sin apariencias y sin necesidad de esconder nuestras heridas, temores o contradicciones.

Santa Teresa de Jesús enseñaba que en la oración lo importante no es hablar demasiado, sino amar mucho. Algunas veces tendremos palabras; otras, solamente cansancio, confusión o lágrimas. Todo ello puede presentarse ante Dios.

Jesús también buscaba momentos para orar

Los Evangelios muestran repetidamente a Jesús retirándose para encontrarse con el Padre. Oraba antes de tomar decisiones importantes, en medio de su misión y también durante las horas de mayor sufrimiento.

Si Jesús buscaba esos momentos de intimidad con el Padre, también nosotros necesitamos detenernos, guardar silencio y permitir que Dios ilumine nuestra vida.

Esto resulta especialmente importante dentro del matrimonio. Cuando atravesamos una crisis podemos reaccionar desde el enojo, la frustración o el miedo. La oración no elimina automáticamente el problema, pero puede ayudarnos a no responder únicamente desde la herida.

Antes de intentar cambiar al cónyuge, la oración nos invita a mirar nuestro propio corazón.

Encontrar paz en medio de la tormenta

La vida puede parecerse a un huracán: problemas económicos, responsabilidades familiares, cansancio, enfermedad, diferencias en la educación de los hijos o dificultades en la comunicación.

La oración puede ser como el centro de esa tormenta. Las circunstancias quizá no cambien inmediatamente, pero en la presencia de Dios podemos encontrar la serenidad necesaria para no dejarnos arrastrar por ellas.

Esa paz no debe confundirse con evasión o pasividad. Orar no significa ignorar los problemas ni esperar que se resuelvan solos. Significa permitir que Dios nos dé fortaleza y claridad para afrontarlos de una manera distinta.

Un corazón que comienza a serenarse puede escuchar mejor. Y cuando aprendemos a escuchar a Dios, también podemos aprender a escuchar con mayor atención a nuestro esposo o esposa.

La oración ayuda a reconocer lo que llevamos dentro

Durante la oración aparecen con frecuencia pensamientos, recuerdos, preocupaciones y emociones que habíamos intentado evitar. Podemos descubrir resentimientos, temores, culpas o necesidades que no habíamos reconocido claramente.

Esto no significa que estemos orando mal. En ocasiones, el silencio permite que salga a la luz aquello que necesita ser presentado ante Dios y trabajado responsablemente.

La oración sincera puede ayudarnos a preguntarnos:

  • ¿Qué estoy sintiendo verdaderamente?
  • ¿Qué herida estoy defendiendo mediante mi enojo?
  • ¿Estoy escuchando a mi cónyuge o solamente preparando mi respuesta?
  • ¿Busco comprender o únicamente demostrar que tengo razón?
  • ¿Qué necesita cambiar en mí para amar mejor?

Estas preguntas pueden abrir un camino de conocimiento personal y preparar un diálogo matrimonial más profundo.

Orar por el cónyuge y no contra él

En medio de un conflicto podemos caer en la tentación de utilizar la oración para pedir que Dios cambie al otro:

“Haz que comprenda”.
“Haz que reconozca su error”.
“Haz que sea como yo necesito”.

Sin embargo, la verdadera oración no busca poner a Dios de nuestra parte contra el cónyuge. Nos coloca a ambos delante de Él.

Orar por nuestro esposo o esposa significa pedir por su bienestar, sus heridas, sus luchas y su camino personal. También implica solicitar la gracia para mirarlo nuevamente como alguien amado por Dios, incluso cuando atravesamos una etapa de distanciamiento.

Señor, ayúdame a comprender lo que mi cónyuge está viviendo. Muéstrame aquello que debo reconocer, sanar o cambiar. Enséñanos a escucharnos sin herirnos y a buscar juntos el camino de la reconciliación.

La oración necesita constancia

Uno de los principales obstáculos para orar es esperar a tener ganas. El cansancio, las preocupaciones, el ruido y las distracciones digitales hacen difícil conservar la atención.

Por eso la oración también necesita disciplina. No es necesario comenzar con largos periodos. Cinco o diez minutos diarios, vividos con sinceridad y constancia, pueden ayudar a recuperar poco a poco la vida interior.

Un matrimonio puede comenzar con acciones sencillas:

  • Guardar unos minutos de silencio al finalizar el día.
  • Dar gracias por algo concreto que haya sucedido.
  • Pedir por las necesidades del cónyuge.
  • Leer juntos un breve pasaje del Evangelio.
  • Presentar a Dios una dificultad sin comenzar inmediatamente una discusión.
  • Terminar pidiendo la gracia de poder escucharse y comprenderse.

No todas las parejas se encuentran preparadas para orar juntas. Cuando existe una crisis profunda, uno de los esposos puede sentirse incómodo o incluso rechazar la propuesta. En ese caso, no debe utilizarse la oración como una forma de presión. Se puede comenzar orando personalmente por el matrimonio y respetando el proceso del otro.

Orar también implica actuar

La oración auténtica nos dispone a colaborar con la gracia de Dios. Si durante ella reconocemos que hemos herido, será necesario pedir perdón. Si descubrimos que no sabemos comunicarnos, tendremos que aprender nuevas formas de diálogo. Si existen problemas graves, puede ser necesario buscar acompañamiento pastoral o profesional.

Dios puede iluminar el camino, pero también nos invita a recorrerlo.

En Retrouvaille sabemos que muchos matrimonios han orado durante años pidiendo una respuesta. En ocasiones, esa respuesta comienza cuando ambos aceptan que necesitan ayuda y deciden vivir un proceso diferente.

Un espacio para volver a encontrarnos

Orar no significa que nunca volveremos a tener diferencias. Significa que esas diferencias ya no tienen que ser enfrentadas únicamente desde nuestras propias fuerzas.

Cuando permitimos que Dios entre en nuestra historia, también abrimos un espacio para la esperanza. La oración puede ayudarnos a mirar más allá del conflicto presente, recordar el valor de la persona con quien compartimos la vida y reconocer que todavía pueden existir caminos que no hemos intentado.

Quizá hoy no sepamos cómo resolver todo lo que está sucediendo en nuestro matrimonio. Pero podemos comenzar con una oración sencilla:

Señor, aquí estamos.
Tú conoces nuestra historia, nuestras heridas y aquello que todavía nos une.
Enséñanos a escucharte y a escucharnos.
Danos humildad para reconocer nuestros errores,
fortaleza para pedir ayuda
y esperanza para dar el siguiente paso.
Amén.