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La amistad conyugal cuando cuesta volver a hablar

Hay matrimonios que conversan todos los días y, sin embargo, hace tiempo que no se sienten escuchados. Hablan de los hijos, de los pagos, del trabajo y de lo que falta por hacer. Pero cuando uno intenta decir «me siento solo» o «esto me dolió», la conversación cambia de tono. Aparecen las defensas, los reproches o un silencio que parece más seguro que seguir hablando.

En esos momentos, preguntarse si los esposos son amigos puede resultar incómodo. También puede ser el comienzo de una reflexión necesaria.

La amistad conyugal no consiste en estar siempre de acuerdo ni en conservar intacta la emoción de los primeros años. Es la confianza de poder acercarse al otro con lo que uno vive por dentro, aun cuando sea difícil expresarlo. Es saber que, detrás de una discusión, sigue habiendo una persona a la que deseo comprender y cuyo bien me importa.

Vivir juntos no siempre significa sentirse cerca

En mi reflexión original sobre la amistad conyugal propuse tres elementos para comprenderla: buscar el bien del otro, corresponder a ese amor y construir una vida en común. Los tres pueden debilitarse cuando el diálogo se vuelve difícil.

Buscar el bien del otro se complica si cada conversación parece una lucha para demostrar quién tiene razón. La reciprocidad se resiente cuando uno siente que siempre debe dar el primer paso. Y la vida en común pierde profundidad cuando los esposos resuelven pendientes, pero dejan de compartir sus temores, alegrías y esperanzas.

La distancia no siempre llega después de una gran crisis. A veces se forma lentamente. Una conversación que quedó pendiente. Una herida que se restó importancia. Una respuesta dada con dureza. La costumbre de decir «estoy bien» para evitar otra discusión. Con el tiempo, ambos pueden sentirse desconocidos dentro de su propio matrimonio.

Reconocerlo duele, pero también permite hacer una pregunta distinta: ¿qué ha pasado entre nosotros para que hablar se haya vuelto tan difícil?

Escuchar al amigo que sigue ahí

Cuando una pareja atraviesa un conflicto, es fácil mirar al cónyuge únicamente desde aquello que hizo o dejó de hacer. El enojo puede ocupar tanto espacio que ya no permite ver sus sentimientos. Eso no significa negar la herida ni fingir que todo está bien. Significa recordar que comprender al otro puede abrir un camino que el reproche, por sí solo, no consigue abrir.

Tal vez uno necesita decir: «Cuando ocurrió aquello, me sentí abandonado». Y el otro necesita escuchar esa experiencia antes de explicar sus propias razones. Después habrá espacio para que ambos hablen. La amistad requiere esa disposición mutua: hablar con sinceridad y escuchar sin preparar de inmediato una defensa.

Es un paso pequeño en apariencia, pero para quienes llevan meses o años sin poder dialogar puede exigir mucho valor. Volver a confiar no sucede porque alguien lo pida. La confianza crece cuando las palabras encuentran respeto, cuando hay coherencia entre lo que se promete y lo que se hace, y cuando ambos descubren que pueden compartir incluso lo doloroso sin ser humillados.

La amistad también necesita reciprocidad

Nadie puede construir solo la amistad de dos. Un esposo puede intentar acercarse, ofrecer comprensión y buscar momentos para conversar. Esos esfuerzos tienen valor, pero una relación más cercana necesita que ambos, a su ritmo, participen en ella.

Esto no significa exigir respuestas inmediatas ni medir quién se esfuerza más. A veces uno está preparado para hablar mientras el otro apenas logra reconocer lo que siente. La reciprocidad puede comenzar con gestos modestos: aceptar una conversación pendiente, escuchar durante unos minutos sin interrumpir o admitir que algo necesita cambiar.

La pregunta deja entonces de ser «¿por qué ya no eres la persona que yo esperaba?» y puede convertirse en «¿cómo podemos conocernos de nuevo desde lo que hoy estamos viviendo?».

Un camino para matrimonios con dificultades

Retrouvaille se dirige, entre otros, a matrimonios que se han distanciado, discuten sin encontrar salida o atraviesan una crisis. Su propuesta pone especial atención en aprender formas de comunicación que ayuden a los esposos a comprenderse y trabajar en su relación. El programa incluye una experiencia de fin de semana y un proceso posterior de acompañamiento; no se reduce a una sola conversación ni promete resolver de inmediato todos los conflictos. (Hope for a Better Marriage)

Desde esa perspectiva, recuperar la amistad conyugal no exige empezar diciendo «todo está perdonado» o «volvamos a ser como antes». Puede comenzar con algo más honesto: «No estamos bien, pero quisiera que encontremos una manera de escucharnos».

Para algunas parejas, esa frase será posible hoy. Para otras, hará falta ayuda para llegar a ella. Buscar acompañamiento no convierte el conflicto en fracaso; puede ser una forma concreta de cuidar aquello que todavía merece atención.

Una pregunta para comenzar

Si hoy te cuesta llamar amigo a tu esposo o esposa, no necesitas forzar una respuesta. Pregúntate primero cuándo empezaron a dejar de compartir lo que llevaban dentro. Piensa si hay algo que quisieras expresar sin atacar y algo que podrías escuchar sin interrumpir.

La amistad conyugal se construye día a día. También puede volver a cultivarse cuando ambos reconocen la distancia y deciden acercarse con verdad, respeto y paciencia. Quizá el primer paso no sea una gran declaración de amor, sino hacer espacio para una conversación que durante mucho tiempo no han podido tener.

Juan Gonzalo Sotelo Puente | Autor
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